martes, 8 de noviembre de 2011

Paris, 1925

Pocas ciudades han sido el centro de la creatividad mundial en una escala tan intensa como lo fue París en los años veinte. Había terminado la Primera Guerra Mundial y una juventud sacrificada pretendía saciar sus apetitos de esparcimiento tras los duros tiempos de la severidad y la sangre. A la vez se desató la imaginación de los artistas que escogieron la ciudad junto al Sena por sus económicas condiciones de vida y las facilidades que se ofrecían a la expansión cultural. Muchos norteamericanos acudieron al foco cegados por la vieja Europa liberal que lo aceptaba todo, lejos de los Estados Unidos de la prohibición, el puritanismo, la mojigatería cuáquera y el presidente Harding.

Gertrude Stein y Alice B.  de Toklas Papers
Dos centros principales de reunión atraían en la ciudad: la casa de Gertrude Stein y la librería de Sylvia Beach. Stein pertenecía a una rica familia judía y junto a su hermano Leo se dedico a coleccionar arte. Fue una de las primeras promotoras de Picasso y a sus cuadros unió los de Matisse y Braque y de la anterior generación se aficionó a Cezanne. Junto a su compañera Alice B. Toklas mantenía un salón que era muy frecuentado por el propio Picasso, Hemingway y Ezra Pound. Sus valoraciones estéticas eran muy respetadas y podían edificar o destruir una reputación en una tarde de comentarios irónicos.





Esos años vieron el éxito de los Ballets Rusos de Diaghilev y el escándalo tras el estreno del Rito de Primavera de Stravinsky. Jean Cocteau abrió su café Le Boeuf sur le toit y André Breton y Louis Aragón fundaron la revista Literatura que dio nacimiento al movimiento surrealista. El rumano Tristan Tzara promovía sus escándalos dadaístas y la escritora de origen cubano Anaïs Nin mantenía un tórrido romance con el proscrito Henry Miller.

En los cafés Le Dome y La Coupole se reunía cada noche la crema de la intelectualidad y Marcel Proust acudía al exclusivo Hotel Ritz con regularidad observando la alta sociedad parisina con la acuciosidad de un relojero. Hemingway vivía pobremente en la calle del Cardenal Lemoine, detrás del Panteón, y nos legó un cuadro encantador de aquellos años en su libro póstumo París era una fiesta.

La música tomaba nuevos derroteros con las composiciones de Darius Milhaud, Georges Auric, Poulenc y Honnegger. Eric Satie ideaba sus Gimnopédicas. Juan Gris, Duchamp, Leger, Arp, Picabia y Max Ernst experimentaban con formas y colores. Paul Valery escribía El cementerio marino, T.S. Eliot publicaba La tierra baldía y Ezra Pound concluía sus Cantos.

La moda en estos años destacaba en los vestidos tipo charlestón, formados por tiras de tela que cayendo una tras otra simétrica y horizontalemente, vestidos con holanes, vestidos con flecos que cubrían incluso la totalidad de la prenda y abrigos gruesos afelpados.
Por su parte, el maquillaje era en colores fuertes y con una evidente intensión de pronunciar los tonos de sombras, labial y delineador de ojos. Al delinear los labios, se resaltaba la forma de corazón del superior, logrando casi un par de pequeños picos con más filo del natural.
La moda de los años 20 poseía un elemento importante: El movimiento por encima de todo. Los modistas de la época supieron contrarrestar a la perfección la sencillez de la ropa de día con la sofisticación de las prendas de noche. Así se podían encontrar chaquetas y faldas hechas de punto y vestidos de noche elaborados con las mejores muselinas y sedas adornados con bordados.

A continuación algunas piezas "Leticia handmade" inspiradas en aquellos locos años veinte...






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